castigar-no-es-educar

El dejar hacer, el diálogo, los límites, alzar la voz, los castigos, la silla de pensar o un cachete forman parte de los diversos sistemas que pueden emplearse, o se han empleado, para educar. Se trata de una leve fotografía de la amplia gama que existe dentro de esta área y que recoge los dos “extremos” en este sentido. Los hay partidarios del dejar hacer a toda costa, no intervenir, no interferir y ser totalmente permisivos; pero también los hay partidarios del castigo de antaño, tanto es así que aún existe quien defiende la bofetada “a tiempo”. Entonces ¿dónde está el límite entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, entre lo adecuado y lo inadecuado?
Supongo que hay veces en la vida en la que nos realizamos preguntas a las que no sabemos dar respuesta y esta es una de ellas. Es cierto que bajo, mi punto de vista, el castigo solo fomenta odio, resignación, frustración y violencia; pero también es cierto que vivir en sociedad supone la imposición de límites, donde el más básico gira en torno a la idea de que la libertad de cada uno acaba donde empieza la del otro. Experimentar libremente, relacionarse, observar, probar…son acciones que forman parte del proceso de aprendizaje de cada pequeño y pequeña, pero uno de los límites debería centrarse en no hacer daño ni molestar al compañero o compañera. El molestar no debe decidirlo el adulto, sino el propio niño o niña, y ese debe ser un límite claro; igual que respetar el material que se
pone a disposición de ellos o que forma parte de la vida cotidiana y la naturaleza, o el hecho de respetarse a uno mismo.
Teniendo en cuenta esto me pregunto ¿hasta dónde se puede dejar elegir a los pequeños y pequeñas? Es evidente que tienen capacidad de decisión, que conocen lo que les gusta, lo que no les gusta, lo que les apetece, lo que no, lo que les hace sentir bien…pero ¿dónde está el límite entre decidir por voluntad propia y el juego a desafiar al adulto o la propia rabieta? ¿Cuándo debemos intervenir en este punto y cuál es la mejor manera de hacerlo? No sabría responder a cuándo, en muchas ocasiones considero que me equivoco y en mi día a día, me dejo llevar por mi mente adulta, sobre todo en el tema de los conflictos en los que a veces intervenimos por miedo al hacerse daño, por el miedo a que el conflicto se prolongue demasiado o porque no vemos que se vaya a solucionar. En el día a día surgen multitud de situaciones donde aparece la duda de intervenir o no intervenir, los conflictos, la comida, las subidas o bajadas de diversas estructuras o el propio juego. No sabría responder dónde se encuentra el límite entre el dejar hacer y el intervenir, aunque creo que tanto si se hace antes de tiempo como a tiempo o tarde la actitud es importante. Jugando con la verticalidad del adulto en el caso de que sea necesario, bajar al suelo cuando la situación lo requiera (a la altura de los niños), hablar de manera individualizada, referirnos al conflicto, dialogar con los pequeños y pequeñas, proporcionar afecto cuando sea necesario…creo que pueden ser algunas de las estrategias que pueden funcionar.
El hecho del dejar hacer por dejar hacer tampoco es un elemento educativo en sí mismo, los límites son necesarios y deben ser impuestos por el adulto e infranqueables. Pero también deben ser dialogados, explicados, expuestos y entendidos por los pequeños y pequeñas, porque un límite meramente impuesto acaba convirtiéndose en eso, un simple límite al cual dejamos de darle valor; porque dejamos de entender el verdadero sentido de dicho límite, el respeto a aquello que nos rodea.

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