Existen muchos momentos el día en los que corregimos o regañamos a los niños y niñas por diversas actitudes o situaciones. Es cierto que libertad no implica ni significa libertinaje. Cuando hablamos de libertad hablamos de la capacidad de decidir, de elegir, de hacer y deshacer desde una perspectiva autónoma; pero también desde una visión de respeto y confianza.

Libertinaje está más bien relacionado con el impulso de hacer todo aquello que pasa por nuestra mente sin tener en cuenta los límites de los demás. El aula, como muchos espacios relacionados con la infancia, están regidos por normas y límites que deben ser respetados. Existen tres muy básicos e infranqueables como son: no hacer daño a los demás, no hacer daño al material y no hacerse daño a uno mismo (entendido desde la perspectiva de ser cuidadosos y no incurrir en acciones que puedan provocarnos dolor). Desde estos límites se derivan algunos otros como por ejemplo mantener la calma en el aula, recoger… etc.

Pero a veces la perspectiva adulta nos hace poner ciertos límites, regañar o hacer “sobrecorrecciones” por nuestra propia visión del bien y el mal o de lo correcto o incorrecto. A veces corregimos acciones que parten de los niños y niñas porque nuestra visión adulta pretende, como comentaba Román, “controlar todo lo que sucede en el aula”. Entonces entra aquí la cuestión acerca de las correcciones innecesarias, ¿Cuándo estamos corrigiendo para instaurar un límite o norma claro y cuándo lo hacemos desde nuestra visión adulta y controladora?

Quizá el término medio en todo esto es hacernos a nosotros mismos la pregunta de si ese límite nos haría sentir cómodos como adultos o de si esa corrección o “sobrecorrcción” nos aportaría algo en nuestro aprendizaje. En ciertas ocasiones queremos correr más que lo que la propia y normal evolución del niño le permite. En ciertas ocasiones programamos sesiones de pintura con pinceles y no tenemos capacidad de espera a que surja la necesidad de experimentación de los pequeños y pequeñas; de modo que aquellos que no lo hacen desde el momento en que su mano entra en contacto con el utensilio en cuestión, son retirados de la actividad. Quizá tan sólo se están tomando la licencia de, como destacada Román, “pensar antes de actuar”, y nosotros estamos coartando esta capacidad de anteponerse a actuar sin meditar antes aquello sobre lo que se va a trabajar.

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