El juego es imprescindible para el aprendizaje en la infancia. Es una frese muy recurrente y que nos repiten hasta la saciedad en nuestra formación, pero ¿vale cualquier tipo de juego?

Es evidente que en todas las escuelas y colegios están repletas de juguetes, unas más otras menos, peor en todas ellas encontramos una gran diversidad de ellos. Quizá aquí cabe preguntarse no sólo si todos los juguetes sirven, sino qué tipo de juego propician.

Dependiendo de la edad en la que nos encontramos dentro del aula, los niños y niñas presentan un tipo de juego predominante que va desde el juego en solitario hasta el juego en gran grupo, pasando por el juego en paralelo, el juego simbólico, el juego de imitación, la imitación en diferido etc. Teniendo en cuenta todo ello, ahora es el momento de preguntar ¿cualquier tipo de juguete es válido? Parece evidente que un no respondería a dicha pregunta. Entonces es el momento de plantearse que en primer lugar para llenar nuestras aulas de objetos necesitamos saber no sólo para qué edad lo estamos haciendo, sino en qué momento evolutivo están los pequeños. De esta manera, se hace casi imprescindible pensar que, a lo largo del curso escolar, nuestro material va a ir evolucionando conforme a la evolución del grupo.

En un aula de 1-2 años en la primera parte del curso, los elementos predominantes serán aquellos que fomenten el libre movimiento, sobre todo relacionado con la psicomotricidad gruesa. Aún no habrá surgido (o poco) el juego en paralelo, por lo que surgirán conflictos relacionados con compartir (aunque serán recurrentes durante toda la etapa). Poco a poco se irán adentrando en el juego en paralelo, el juego simbólico y la psicomotricidad fina, por lo que incluir elementos relacionados con el hogar, las profesiones y juegos que fomenten la movilidad de la mano, serán de mucha utilidad para su evolución.

Finalmente cabe preguntarnos si los objetos que formen parte de nuestra aula estarán pensados con una sola utilidad; esto es: estructurados. Si bien es cierto que existen en el mercado multitud de materiales estructurados que pueden fomentar este tipo de habilidades, desde mi punto de vista incluir (o incluso que predomine) material no estructurado (incluso procedente de material reciclado) posibilita multitud de situaciones que escapan a los ojos de quien observa. En muchas ocasiones introducimos material con una finalidad, con un objetivo que trabajar, pero si este material no es estructurado, se destapan un sinfín de posibilidades sobre el mismo que, lejos de limitarnos, nos abre los ojos a situaciones evolutivas que aún no hemos sido capaces de percibir. Quizá podemos pensar que, por determinadas situaciones observadas, un niño o niña está en cierto momento de su madurez, pero este material nos emite un feedback en el que podemos ver que sí lo está, que no lo está o que incluso está más allá de donde creíamos que estaba. De este modo, introducir material diverso y que fomente multitud de posibilidades para trabajar con él (con ello no quiero decir que ya hayamos predeterminado esas posibilidades) nos permite observar aún más el momento en que se encuentran los niños, nos permite detectar necesidades que pueden ser atendidas en nuestra programación, nos permite salir de nuestra zona de confort y dejar a la infancia que haga su trabajo: experimentar y sorprendernos. Porque al fin y al cabo nosotros, los educadores, ofrecemos situaciones de aprendizaje, pero son ellos los que convierten esas situaciones en aprendizaje real y funcional.

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