Los conflictos en general son situaciones recurrentes dentro del aula. Como en todos, o casi todos, los elementos que forman parte de la infancia se articulan entorno al momento evolutivo de los niños, la edad (aunque no necesariamente es un elemento indispensable) y las características y particularidades de cada niño o niña.

De esta forma, los conflictos no iban a quedar exentos de esta máxima, de manera que dependiendo de todos estos factores encontraremos un tipo u otro de conflictos. En el rango de edad de entre 1 y 2 años quizá los problemas más recurrentes se centren en: compartir y los mordiscos.

En el caso de compartir, normalmente comienzan a suceder cuando comienza el juego en paralelo. SI observamos con detenimiento el comportamiento de los pequeños y pequeñas de menor edad, cuando algún niño les arrebata un juguete de las manos, suelen (no siempre se cumple como si de una ley universal se tratase) buscar otro objeto con el que comenzar su juego. Esto no ocurre de igual manera cuando comienzan a darse los primeros juegos en paralelo. Es entonces cuando surgen los primeros conflictos relacionados con compartir. En ciertas ocasiones se resuelven con un vencido y un vencedor, otras con un forcejeo, otras con la búsqueda de la mirada adulta para que intervenga en la trifulca, otros con el llanto e incluso el inicio de las rabietas… cada niño y niña comienza entonces a buscar sus propios mecanismos de “defensa” o lo que es lo mismo: de resolución de conflictos.

Sin embargo, el tema de los mordiscos en ciertas ocasiones poco o nada tienen que ver con este tipo de conflictos. Si bien es cierto que existen niños que utilizan este mecanismo como medio de resolución de los mismos, pese a lo que pueda parecer en muchas ocasiones estos se producen en otro tipo de situaciones: justamente las contrapuestas. Los mordiscos a estas edades se producen en muchas ocasiones por la dificultad para gestionar emociones relacionadas con el amor, el cariño o el afecto. Algo así como cuando queremos mucho a otra persona y a veces sentimos una necesidad irremediable de morderle; no por odio, sino por todo lo contrario.

Este tipo de situaciones suelen solventarse antes o después cuando surgen la palabra, es decir cuando los pequeños y pequeñas son capaces de expresar sentimientos, emociones, necesidades o inquietudes. Es entonces cuando este mecanismo de gestión de las emociones desaparece y surgen otras nuevas herramientas (sobre las que también trabajar) para su gestión.

Es entonces cuando se plantea una duda, duda que por otra parte debe estar en nuestra mente día a día, ¿cuál es nuestro papel en esta área? ¿cómo debemos comportarnos? Existen multitud de mecanismo para “reprimir”, evitar o solucionar los conflictos dentro del aula, que pasan desde la conocida silla de pensar hasta el “laissez faire”. En este abanico de posibilidades también entran los grises. Bajo mi punto de vista la silla de pensar o el rincón de pensar suele ser poco efectivo, puesto que ¿cómo podemos saber que los niños y niñas realmente están pensado y reflexionando sobre lo que ha sucedido? ¿qué ocurre la mayoría de las veces? Que durante unos minutos los pequeños están en calma, pero al poco tiempo vuelven de nuevo a activar su mente con el foco hacia jugar, experimentar, explorar y al poco tiempo ya han encontrado una forma, por pequeña y disimulada que parezca, de hacerlo. Quizá en este sentido, sea más útil el tiempo fuera. Salir de la clase o cambiar de aula para de nuevo, pasados unos instantes, puedan volver y reflexionar junto a un adulto sobre lo sucedido.

Por otra parte, cuando suceden los forcejeos, suelen ser efímeros y solemos darnos cuenta cuando el conflicto se ha solventado y uno de los niños o niñas llora, comienza una rabieta o nos busca, por lo que en estos casos ¿a quién le otorgamos la etiqueta de vencedor y vencido? Ya que la única información que tenemos es que alguno de los dos ha salido mal parado, ¿cómo podemos saber quién tenía antes el objeto, quién empezó la trifulca, quién ha rebasado antes los límites? Y si no conocemos la respuesta a este tipo de preguntas, ¿cómo podemos intervenir en ellos sin transmitir valores contrarios a los que queremos que les lleguen? Aquí quizá el “dejar hacer” pueda tener sus ventajas. Debemos dejar a los pequeños que poco a poco (y con límites claros como el no hacer daño al compañero) sean los que solucionen sus conflictos a través del diálogo, de la cooperación, de compartir y por qué no, también de la tolerancia a la frustración. Porque finalmente debemos comprender que lo que está en nuestras manos (aunque totalmente completo y genial en sí mismo) será un futuro adolescente y luego adulto que tendrá que lidiar con la vida y con la convivencia en sociedad, con todo lo que ello implica, entre otras cosas también eso: resolver conflictos entre iguales.

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