gracias

Cada vez está más cerca el final, hoy se acaba la obligación de realizar el diario de las prácticas y, aunque seguiré escribiendo, no lo haré con la misma asiduidad ni quizá con la misma finalidad. Cada vez tengo mayor sensación de que queda poco para que termine, pero hoy, por ser el último día de diario obligado me permitiré la licencia de hacer balance, de mostrar todo lo que hasta ahora me llevo de esta experiencia, todo lo que esto ha cambiado dentro de mí, me permitiré la licencia de contar mi propia historia.

Hace unos cinco años, aún era una adolescente (menos alocada que el resto de mis iguales, pero de todas todas una adolescente) mi futuro estaba aún por empezar, así que como casi el 100% de los adolescentes de 18 años estaba totalmente perdida en mi decisión sobre el futuro. Siempre he amado escribir, he disfrutado inventando, creando, pero sobre todo contando. Desde que tengo uso de razón me recuerdo escribiendo y leyendo (pese a quien le pese). Sentía una gran indecisión porque ya se habían encargado años atrás (algunos de mis profesores) de tacharme como un deshecho de la sociedad que no podía optar a nada, pero habiendo llegando a donde había llegado (pudiendo elegir el camino que deseara porque el hándicap del sistema educativo – la nota final – me lo permitía), decidí emprender el camino de la comunicación; muy influenciada por mi amor hacia la escritura.

Mi idea era totalmente distinta a lo que más tarde encontré al mirar cara a cara a la realidad, pero eso llegará después. Me marché a Málaga, para emprender lo que creía que era mi sueño. Pasé cuatro años allí, conocí gente increíble e importantísima que ha marcado un antes y un después en mi vida, establecí contacto con el mundo de la comunicación, tuve la oportunidad de tener contacto con la radio, la prensa y la televisión; experimenté la realidad de vivir sola, de independizarme y tuve la oportunidad de tener contacto con la  universidad. Me pasé tres de los cuatro años investigando sobre nuevos formatos televisivos, tuve la gran suerte de participar en la producción de una película documental, publiqué antes de llegar a mi tercer año de carrera, conocí a grandes del periodismo como Rosa María Calaf…; en fin tuve la oportunidad de abrir la puerta a mi futuro como comunicadora. Pero mi sueño era contar para cambiar las cosas, para cambiar el mundo, así que decidí pedir una beca para trabajar en Granada. Mi expediente me permitió optar a dichas prácticas y trabajé como becada durante unos tres meses en un medio conocido de la ciudad. Fue entonces cuando comprendí que por mucho que luchara el cambio no estaba en mis manos, o no de esa manera y a través de esas herramientas. Me encontré con infinidad de trabas, el sistema no permitía a una simple becaria cambiar el mundo, así que terminé y no quise volver a tener contacto ni con ese medio ni con los medios en general. Acabé mi último año de carrera con las miras en mi segunda (o primera, quién sabe) pasión: la infancia. Y fue entonces cuando las cosas comenzaron a complicarse, por circunstancias de la vida no fue el mejor año anímicamente hablando que he podido vivir en mis cortos 23 años de vida.

A duras penas acabé la etapa, me gradué y me matriculé en el ciclo superior de educación infantil (no exactamente en ese orden porque cuando aún no había acabado los exámenes, ya estaba realizando el trámite de la matrícula). En ese momento tenía claro lo que quería, ya no era una niña alocada de 18 años, ahora mis decisiones estaban maduradas y reflexionadas, pero sobre todo partían de mis propios intereses. Realmente quería abrir esa puerta, tomar ese camino. Sabía que nunca iba a dejar de ser comunicadora, posiblemente nunca volvería a ser periodista, pero sabía que nunca dejaría de contar.

Me encontré con trabas familiares para seguir adelante con mi decisión, evidentemente era un camino que poco o nada tenía que ver con lo cursado anteriormente, pero además (¡horror!) era un clico superior. La terrible maldición de los “módulos” ¿cómo iba a abandonar lo que hasta ahora había hecho y empezar otra cosa totalmente diferente, en un nivel inferior académicamente hablando, para terminar licenciada en periodismo trabajando en una “guardería”?, pues ese era mi sueño, así que durante medio año intenté aterrizar a mi familia para que comprendieran que era una idea real y que realmente era lo que deseaba, que no era un capricho, ni tampoco estaba tan decepcionada con mi experiencia profesional que quería buscar algo totalmente diferente, tan solo era una cuestión de gustos (y en muy buena parte de vocación).

Finalmente cursé mis dos años de ciclo superior, con sus más y sus menos, con sus dificultades, con sus piedras en el camino (personales y profesionales) con todo lo que conlleva conciliar la vida laboral con la estudiantil, y sin darme mucha cuenta al final llegó el momento más deseado el de las prácticas. No tenía claro cuál debía ser el centro al que debía optar; me encontré con un dilema moral entre lo público y lo privado, la opción de quedarme contratada o no; finalmente opté por dejar que alguien decidiera por mí. No cualquier persona, sino una persona en la que confío ciegamente, con la que conecto plenamente y que sé que posee un gran criterio profesional y personal; por lo que estaba segura de que no sería un error. Y en efecto: ha sido la mejor decisión que han tomado por mí (gracias).

Llegué a Belén con miedo, con incertidumbre, sin saber muy bien qué me depararían los próximos meses, y están siendo los mejores meses de mi vida. He conocido a grandes profesionales con los que he tenido la suerte de aprender, crecer y sentir. He crecido con los adultos, pero he crecido sobre manera con la infancia, con “mis” niños y niñas. Es la mejor fórmula para darse cuenta de que los problemas, los agobios y las dificultades son menores. De superar dificultades, de tirar hacia adelante. Son una fuente inagotable de placer y una inyección de vitalidad, felicidad y energía.

Tengo la gran suerte de rodearme de gente grande, de personas humanas con mayúsculas que tienen los pies sobre la tierra y una mano para tender siempre. Profesionales en toda regla de los que constantemente se puede aprender. De personas que tienen inquietudes, curiosidades y ganas de seguir creciendo y aprendiendo. Personas que siempre tienen una buena palabra, que aman su trabajo y que lo hacen con ternura y es algo que los niños y niñas sienten, viven y maman; y al final es lo que devuelven.

He tenido la suerte de dar con una clase donde las familias son también ese tipo de personas, cercanas, humanas, agradables, agradecidas y que valoran en trabajo de la tutora. Son personas comprometidas que han depositado en mi confianza, respeto y afecto. Que me han recibido como una más y que me consideran eso, una más.

Y sobre todo he tenido la gran, grandísima suerte, de conocer a personitas tan pequeñas y a la vez tan grandes. Tan importantes siendo aún tan pequeñas, tan completas, con capacidad para sorprenderme cada día y para hacerme crecer y aprender cada segundo. He tenido la suerte de parar a dar con niños y niñas que me han abierto los ojos a un mundo nuevo, a la felicidad, a la tranquilidad y al placer por el trabajo.

No sé si tendré la suerte de poder trabajar como técnico en un futuro, pero sí sé que he tenido la grandísima suerte de encontrar lo que realmente me gusta, de encontrar la manera de enlazar mis dos pasiones: el placer de contar y el placer del contacto con la infancia. He tenido la grandísima suerte de amar lo que hago, de encontrar lo que realmente me hace feliz. Porque en la felicidad reside la verdadera clave de la vida. Y para mí la infancia es una verdadera fuente de felicidad.

One thought on “Eternamente agradecida

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