Hace ya casi dos meses que comencé y parece que fuera ayer cuando entraba por aquella puerta, cargada de dudas, de inquietudes, de inseguridades, de necesidad por aprender y por poner en práctica, por contractar, por absorber todo lo que entre aquellas paredes iba a suceder.

El tiempo pasa muy rápido cuando te encuentras a gusto e integrada. Cuando te hacen sentir una más, cuando tus aportaciones suman y no restan, cuando nadie te juzga, cuando te respetan y te acompañan en el proceso… Y así es como ha pasado este tiempo, como una suma incondicional de momentos, de aprendizajes, de vivencias y también (y por qué no) de alguna que otra incógnita sobre la manera de actuar. Debemos de comprender que tener dudas y cuestionarse es la mejor manera de adquirir un aprendizaje, porque esto nos lleva a no acomodarnos, a querer saber más, a indagar y a preguntar; a, y en definitiva, compartir, porque compartir es el principio de todas las cosas grandes.

Estas dudas nunca pesan más en la balanza, ni mucho menos restan a todas las experiencias y emociones vividas. Porque al final eso debe ser la vida y dentro de ella el trabajo, un conjunto de emociones que al finalizar el día, la semana, el mes o el año sumen y te hagan emanar una sonrisa, esa que te sale del alma, esa que es sincera y verdadera, esa que te llena.

Es evidente que siempre habrá cosas por mejorar, actuaciones en las que sabemos que podríamos haberlo hecho mejor, haber dado más de nosotros, haber acercado más el codo a otra persona, haber prestado mejor atención… pero lo que al final pasa dentro de un aula (y en el día a día de una jornada) es que cualquier error que se comenta (que se comenten) nunca se hace desde la intolerancia, el odio o el no respeto. Y eso es lo que hace tan grande esta profesión, que todo lo que se construye se hace desde el amor, la comprensión, la tolerancia y la compasión; y de ahí, no puede salir nada malo.

Tu vida puede estar marcada por situaciones a veces muy difíciles de superar, por cuestiones que te asolan e incluso te quitan el sueño, pero trabajar junto a la infancia te aporta ese plus de vitalidad, felicidad, tranquilidad (aunque a veces no lo parezca) y satisfacción que, al menos durante las horas que pasas con ella, esos problemas parecen incluso casi desaparecer. Esta claro que no todo son los niños y niñas; trabajar codo con codo con gente que te respeta, te valora, te apoya, no te cuestiona y sobre todo te da libertad para crecer como profesional, hace que las alas luzcan más fuertes y poderosas para hacerte sentir completo. Así que sí, debemos (o debo) dar las gracias a todos los pequeños y pequeñas que forman parte de este camino, que espero no tenga final; pero a veces olvidamos agradecer a aquellas personas que pasan las mismas horas a nuestro lado (porque un día confiaron en nosotros y nos dieron la oportunidad de poder estar a su lado), haciendo piña. A esas, a ellas, sólo puedo decirles: gracias, gracias, gracias.

Es posible que la gente crea que estamos locos. Hace poco hablaba con una maestra de primaria (y amiga) que lleva ya en la profesión más de veinte años y nos llamaba “los locos de infantil”; no de manera despectiva, todo lo contrario. “Sois -decía- todos unos valientes, porque infantil es la etapa más dura que existe”. Y yo diría más dura y más bonita. Creemos, o mal creemos, que los niños y niñas de seis años en adelante son los que verdaderamente aprenden algo, pero olvidamos (u olvidan) que en nuestras manos (en la de aquellos que llaman “los de infantil”) están las edades más importantes de la vida de una persona. De los valores, aprendizajes, experiencias y vivencias que experimenten y pasen a formar parte de los pequeños y pequeñas, surgirá todo lo demás. Estamos sembrando los cimientos sobre los que se asentará todo lo que venga después. Así que sí, estaremos locos, pero siempre seremos esos locos afortunados.

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