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Escribir desde la distancia es complicado.

 

Así es escribir cuando estás dentro de algo resulta muy sencillo, tan sólo se trata de observar, escuchar, guardar y poner palabras a todo aquello que sucede a tu alrededor. Mirar con los ojos de una persona que quiere aprender, que tiene ganas de crecer, de avanzar y de empaparse de todo aquello que le rodea; es sencillo. El problema viene cuando te retiran de todo aquello, y tan sólo puedes poner palabras al recuerdo o a la información que te llega por otras vías más lejanas que la propia experiencia.

 

Quería escribir sobre la controversia que supone para los adultos que los niños saluden o no saluden y la manera en que lo hacen; pero me siento “obligada” a escribir sobre la otra cara de todo esto, sobre la realidad laboral, sobre lo que quieres y te dejan hacer; sobre las alternativas, los caminos y donde te lleva todo ello. Es posible que todo esto no le sea de gran ayuda ni interés a aquellas personas que se acerquen curiosos a este post. Pero hay algo dentro de mí que me obliga a hablar sobre la otra cara. Bienvenido a la realidad.

 

Y es que cuando te planteas el futuro laboral siempre quiere alcanzar las mayores y mejores metas, pero todo eso también tiene su cara oscura, aunque a simple vista pueda parecer rozar el cielo. Cuando me propuse escoger el camino de la educación no lo hice por la vía que la mayoría de la gente opta, cursar una carrera, esa vía que se supone que te llevará al éxito, que te hace diferenciarte del resto de personas, que te da un grado en la sociedad. No. Yo escogí la meta que algunos llaman “la de los que no llegan”. Escogí hacer un Ciclo Superior porque pensé que era la mejor manera de acceder al mercado laboral, y que me daría la posibilidad de saber de forma rápida si de verdad quería dedicarme a la infancia o sólo tenía el instinto maternal muy a flor de piel. Evidentemente dejé atrás la vida de éxito que muchos creían que conseguiría: una periodista de renombre… reconvertida en educadora infantil; ¡una licenciada reducida a técnico! Pues sí, estaba orgullosa de esa decisión, de ese nuevo camino y evidentemente pensaba que el futuro sería un trabajo realizador.

 

Así las cosas llegaron las prácticas, el mejor periodo sin duda y de las mejores épocas de mi vida. Pero también llega el primer azote de realidad: no puedes optar a trabajar en escuelas públicas si no eres maestro. Poco más tarde llega la siguiente bofetada de realidad: la gente que son tus referentes y tus pasos a seguir te hacen dudar de seguir o no formándote, ya que la realidad de los técnicos es bien distinta a la que habías imaginado. Al finalizar el periodo de formación decides seguir formándote (¡será la mejor opción!).

 

Pero se ve que había olvidado (o había querido olvidar) lo que supone una formación en la Universidad. Docentes que no saben lo que hablan, profesionales de la infancia que nunca se han dedicado a ello, personas cómodas en sus puestos que no tiene o quieren tener mayor implicación que la puramente académica dentro del aula, catedráticos que no se plantean si su modelo es útil o no, temario anticuado; perspectivas de adulto redomado en una facultad dedicada a la infancia…. No es algo que sea único y exclusivo de la Facultad de Educación, es algo generalizado; pero yo quise creer que en unos pocos años todo había cambiado, ese genial Plan Bolonia que prometía venir a salvarnos a todos….

 

¿Y qué sucede con todo esto? Que al final todas esas personas curiosas, con inquietudes, que no se conforman con lo que vienen a contarle entre cuatro paredes, deciden formarse por su cuenta, leer, curiosear, mirar y quieren toparse con las realidades que se cuecen entre otras paredes, las paredes de las escuelas. Y aquí viene lo mejor, la realidad laboral. Eres técnico y tienes complicado encontrar empleo, no tienes experiencia puesto que los tres meses de formación no cuentan como experiencia y no conoces a nadie que pueda echarte un cable (o un enchufe). Así que tan sólo te queda seguir formándote y desear que algún alma caritativa crea en ti, en tu inexperiencia, en tus ganas de demostrar que quieres hacerlo lo mejor que sabes, en que te dejen probar todo aquello que has adquirido a través de los libros….

 

Y al final de todo esto echas la vista atrás y piensas, me degradé de rango, pasé de ser licenciada para ser técnico, y en realidad ahí está la gente de verdad, el aprendizaje real, las verdaderas implicaciones, las verdaderas ganas, la fuerza real y el corazón.

 

Seré maestra, porque la sociedad prácticamente te obliga a serlo, pero está claro que nunca olvidaré de dónde vengo, quién me formó realmente, quién me enseñó a amar la infancia, quién me demostró donde están los verdaderos conocedores de la educación. Siempre seré educadora, le pese a quien le pese. Solo espero que en algún momento me dejen ser lo que realmente soy: una educadora con mucha vocación, mucho amor y muchas ganas de seguir creciendo como profesional. Y sí, no me olvido, prometo escribir pronto sobre la mirada adulta del saludo en la infancia.

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