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Tres meses, tres meses de abstinencia (evidentemente con sus consiguientes síntomas). “Desintoxicarse” de la infancia no es fácil. Y digo desintoxicarse porque prácticamente es una droga para aquellos que amamos su grandeza, su ser y su existencia en definitiva. Se trata de una auténtica droga que te hace depender cada vez más de ella, te atrapa con sus pequeños gestos, te embelesa con su inconfundible olor, te engancha con sus gratificantes muestras de amor…simplemente te hace depender, te hace volar, evadirte, sentirte que todo lo demás no importa, te mantiene atento, alerta física y mentalmente…. Y es que sin quererlo te hace un auténtico dependiente de todo lo que la envuelve.

Han pasado tres meses desde que me despedí de ellos y ellas y puse así punto y final a mis prácticas. Desde entonces nada es igual. Evidentemente entras en la profesión con unas expectativas y unas ideas preconcebidas, pero la realidad es bien distinta, simplemente es genial. Es tan genial que al final (y debido a esta situación económica, social y laboral deleznable) acaba convirtiéndose en tu peor enemigo. Has probado el elixir de la felicidad, la sabia de la satisfacción, y ahora te toca topar con la cruda realidad. Esa realidad oscura y taciturna donde no te permiten desarrollarte como profesional, donde te cortan las alas, donde dicen no a tus sueños, donde tus expectativas se convierten en inservible papel mojado (y nunca mejor dicho porque eso, con suerte, es lo que acaba ocurriendo con el sin fin de currículum que haces llegar a las diferentes escuelas). Y esa es la realidad, tu primer contacto con la infancia te ha dejado el mejor sabor de boca que en tu vida has probado; es un sabor de boca que en realidad solo te proporcionan unas pequeñas gotas, que por suerte el sistema educativo de los ciclos formativos te permite que lleguen a tus labios. Pero esas pequeñas gotas son suficientes para engancharte de por vida y para querer una dosis de ocho horas diarias.

Ahora solo te queda “pasar el mono” y seguir luchando. Somos la generación mejor preparada. Soy periodista, técnico en educación infantil y dentro de unos años graduada en educación infantil; y a mis 24 años me doy cuenta de que tengo el síndrome de la “titulitis”. Quiero conseguir un sueño, pero sólo me ponen trabas a las que enfrento con un nuevo título, creyendo que así podré derrotar a esos enormes monstros que el Estado ha puesto a luchar contra mí, contra toda esa generación a la que ahora llaman “nini”. He luchado con palabras, he participado activamente el diferentes movimientos (de los que no me arrepiento porque considero que han conseguido muchas cosas), he pataleado, me he caído, me he levantado, he gritado hasta quedarme sin voz, he optado por encontrar caminos nuevos, por construir nuevas sendas y me he enfrentado con mi mejor arma: mis conocimientos y el esfuerzo por conseguir otros nuevos. Y aquí estoy, intentando desintoxicarme de lo que realmente me mueve: la infancia.

No es un mensaje de derrota, tan sólo una exposición de hechos de una cruda realidad que nos ha tocado vivir a los que aún resistimos en este país, a lo que aún nos negamos a coger las maletas y dejar atrás todo lo que somos y lo que podríamos ser. Y es que me resisto a pensar que la única solución a todo esto es emigrar, dejar atrás mis raíces, lo que soy, e irme a otro país a enfrentarme a otra realidad. Aquella a la que se enfrentan multitud de amigos míos: a la realidad de Europa. Una panacea que realmente no existe y que tan sólo es un castillo de naipes. Lo que otros nos han hecho creer. No quiero ser más camarera, con todos mis respetos a aquellas personas que viven de ese oficio, no quiero por una simple razón: no me gusta. No quiero ser camarera, al igual que tampoco quiero ser médico, bombera o librera. Quiero ser educadora, esa es mi realidad, no me importan las trabas si al final del camino estaré rodeada de niños y niñas que me hagan crecer, que me hagan volar, que me hagan sentirme viva en definitiva.

One thought on “Esa droga que se hace llamar infancia

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