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Soy maestra/o, educador/a, profesional de la educación….soy… ¿pero qué significan realmente todas estas palabras? Ser maestro, educador o profesional de la educación ¿significa tener una titulación relacionada con la enseñanza? ¿Con la educación? ¿Significa desempeñar tu labor profesional en una escuela? Y lo más importante ¿significa tan sólo llevar al aula tus conocimientos como profesional de la educación?

Ser maestro, educador o docente es mucho más que eso. Tener una titulación no te dota, creo que en ninguna área, de los suficientes conocimientos, ni tampoco te acredita para ser buen profesional. Con ello no quiero decir que no sea necesario poseer una titulación, sea cual sea, sino que ser profesional es mucho más que eso, más si cabe si nos circunscribimos al ámbito de la educación.

Los educadores tenemos una gran responsabilidad, enorme, tenemos en nuestras manos (aunque suene a cliqué) el futuro de nuestra sociedad. Evidentemente existen multitud de factores que influirán en el desarrollo del niño o la niña, y que determinarán sus valores, comportamientos, aptitudes, actitudes, decisiones… etc. Como es lógico no lo somos todo, pero tampoco somos nada.

Nuestra labor es fundamental no para enseñar, sino para formar personas. Personas con todo lo que esa palabra significa, aunque parece que haya perdido valor. Personas que tomarán decisiones, que sus actos repercutirán en la sociedad, personas que serán más o menos consecuentes con el planeta, personas que serán más o menos comprometidas con la sociedad, personas que serán más o menos empáticas…personas que al fin y al cabo formarán parte de nuestra sociedad y de este mundo tan globalizado. Educamos para la vida, o deberíamos hacerlo, para la toma de decisiones conscientes y críticas, para ejercer su derecho democrático, para vivir en sociedad, para ayudar a otros… y por ello ser educador o educadora va mucho más allá de transmitir contenidos, porque si sólo nos quedamos en la superficie, los contenidos que nos marcan, no estaremos desarrollando nuestra labor en todos sus ámbitos.

Nuestra profesión aporta su pequeño granito de arena a la adquisición de aprendizajes funcionales, a aprender con un sentido y para una función. Esto no es algo nuevo, los adultos aprendemos así. No paramos de adquirir nuevos conocimientos y de investigar, pero lo hacemos sobre aquello que en ese momento creemos útil y que nos interesa. El problema es que hemos creído durante mucho tiempo que somos los adultos lo que debemos decidir qué es útil y que no, y qué es importante y que no para la educación. Y al final, nos quedamos en esa superficie de objetivos y contenidos marcados por otros, que evidentemente no son los niños.

No soy educadora o maestra porque un título lo diga, tampoco soy periodista porque un título lo diga. Por ello creo que es fundamental que todos los conocimientos que como adultos poseemos, que no guardan relación con la titulación en sí, tratemos de transmitírselo a la infancia. ¿A caso es que no es importante que los niños y niñas tengan una visión crítica acerca de su consumo televisivo? ¿Acaso no es fundamental que sepan informarse a través de diferentes fuentes? ¿Acaso no es esencial que sepan corroborar la información y acudir a fuentes fidedignas? Todo ello es uno de los pilares de la sociedad, porque si no, estamos vendidos, vendidos a los medios de comunicación, vendidos al poder, vendidos a los banqueros, vendidos a los que nos “representan”, vendidos a aquello que llaman los mercados, vendidos en definitiva a todo aquello que realmente no tiene que ver con nuestras propias y conscientes decisiones.

Por ello es fundamental, que nuestros conocimientos en otras áreas sean transmitidos en el aula, adaptados a su desarrollo, a sus intereses, a sus inquietudes. Nuestras experiencias son las que nos hacen ser como somos, nuestro conocimientos, nuestras inquietudes, nuestros aprendizajes, y bien lejos queda ciertas cosas que aprendimos en el colegio que a día de hoy ni si quiera recordamos o le vemos sentido alguno.

Con ello no quiero decir que no se transmitan contenidos, y que la escuela sea tan sólo un mecanismo para preparar laboralmente, al contrario. La escuela debe despertar la curiosidad por el mundo que nos rodea, por nuestra cultura, esa cultura real y global que es la que verdaderamente nos acontece; despertar la curiosidad por el arte, por el cine, por el teatro, por la naturaleza, por las matemáticas o por la comunicación en todas sus modalidades; pero debe hacerlo de una manera práctica y desde la verdadera utilidad, desde el sentido en el que para nosotros también es útil. No podemos permitir transmitir contenidos que ni si quiera nosotros entendemos como útiles y funcionales.

Y por útiles y funcionales no quiero decir aquellos que se consideran siempre útiles y funcionales para algunos sectores de la sociedad; útil es todo aquello que nos rodea, útil es saber respetar la naturaleza, útil es saber escuchar al otro, útil es saber canalizar los sentimientos menos agradables, es tener mecanismos para superar sentimientos y frustraciones, es saber disfrutar de lo bueno, de lo menos bueno y de lo malo; es saber valorar las cosas que poseemos y que nos rodean; es no siempre desear lo que no tenemos y dejar de valorar lo que tenemos, es dejar de competir y alegrarse por los logros de los demás, es respetar a los demás y respetarnos a nosotros mismos, útil al fin y al cabo es ser feliz y estar en paz.

Realmente todo eso es ser maestro, transmitir nuestros conocimientos en otras áreas que para nosotros suponen herramientas para desenvolvernos en sociedad, para tener tranquilidad, para saber aceptar y aceptarse, para disfrutar en definitiva. Porque la esencia de todas las cosas, la verdadera búsqueda la llamen como la llamen, al final se centra en encontrar esa felicidad que a veces tanto añoramos y deseamos. Hay quienes la buscan como liderazgo, otros como éxito, otros como búsqueda interior, pero al final se centra en ser felices y estar en paz con uno mismo. Quizá para mi perseguir el éxito o el liderazgo o la posesión material sin fin, no sean los verdaderos caminos para encontrar esa paz; quizá porque realmente ésta se encuentra dentro de nosotros y no en los demás, ni en las cosas materiales que nos rodean. Y para descubrir esto tan sólo debemos otorgar mecanismos para encontrar ese camino y herramientas para empoderarnos como personas críticas, consecuentes y conscientes. Al final lo sencillo nos hace felices, ¿por qué no buscar esa sencillez en la funcionalidad de los aprendizajes y la escuela? Tal vez así, también como profesionales encontraríamos esa felicidad, paz y satisfacción que tanto anhelamos.

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