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Hace un tiempo que me llevo cuestionando la utilidad de “presionar” a los pequeños y pequeñas para que compartan sus objetos o posesiones con el resto de compañeros y compañeras, hermanos y hermanas o amigos y amigas. Con pequeños y pequeñas me refiero a aquellos niños y niñas comprendidos entre los 0 y los 5 años, pero sobre todo – por ser el caso que me atañe más directamente- con los niños y niñas de 1       y 2 años. Casualmente ayer pude leer sobre el tema (al final del artículo está el enlace al texto original). Tras nutrirme un poco de la visión de otra persona sobre el tema, decidí prestar hoy especial atención a lo que sucedía en la clase de los duendes y las “duendas”.

Es un hecho que los pequeños y pequeñas de entre uno y dos años transitan antes o después por la etapa del “yo”, lo que significa que todo aquello que quieren es “suyo”, suelen señalar los objetos como suyos y, en muchas ocasiones, discuten con el resto de compañeros y compañeras con un argumento sentenciador: “mío, mío”. Se trata de una etapa un tanto narcisista, donde intentan desvincularse de los adultos y reafirmar su autonomía y sienten un gran sentimiento de posesión por todo aquello que les llama la atención. Lo primero que me gustaría destacar es que, como todo en esta vida, son etapas que han de ser superadas, pero no sobrepasadas. Con ello me vengo a referir que es normal, natural y necesario pasar por ellas para llegar a nuevos puertos. Es totalmente comprensible que los pequeños y pequeñas de dicha edad no sientan la necesidad de compartir con el resto de compañeros y compañeras. Pero sobre todo me gustaría señalar que no sienten dicha necesidad cuando el adulto cree que debería ser conveniente que compartan, y creo que este punto es muy importante.

Los niños y niñas de la clase de “Los Duendes” comparten a menudo sus juguetes y objetos preferidos y se dan multitud de muestran de afecto, compañerismo y generosidad. Podría señalar infinidad de casos en los que los niños y niñas del aula comparten sus posesiones con el resto de compañeros y compañeras. Durante la celebración de los cumpleaños, todos sentados en corro esperamos a que la persona homenajeada sople las velas y más tarde se reparte el bizcocho. El o la cumpleañero/a reparte un pedacito de su bizcocho al resto, y puedo asegurar que de todas las celebraciones que he podido disfrutar, en ninguna de ellas ha surgido un conflicto por este motivo. Los pequeños y pequeñas saben que sus familias han elaborado el bizcocho para compartir, y como tal comparten con los demás.

También es cierto que al encontrarse en esta etapa, la mayoría de los conflictos que surgen vienen a raíz de una disputa por la posesión de un mismo objeto, y aquí debe entrar en juego el papel del adulto. A todos, como adultos, nos sucede en ciertas ocasiones que queremos poseer el mismo objeto que nuestro igual, pero sabemos que debemos compartir (y en ciertas ocasiones, por qué no, “luchar” por aquello que consideramos nuestro). Los adultos también pasamos por esta etapa y antes o después llega el momento en que los pequeños y pequeñas comparten, lo que sucede es que en muchas ocasiones somos los adultos los que imponemos ese afán por compartir y educar en el valor de la solidaridad. Obviamente es necesario transmitir a los niños y niñas valores como el compartir, la solidaridad, el apoyo mutuo o el compañerismo; pero esto no debe convertirse en una lucha entre adultos para ver qué pequeño o pequeña es más solidario.

Sin ir más lejos P. hoy ha decidido, jugando a una nueva versión de “la sillita de la reina” inventada por nosotros, que D., M., y B., también tenían que participar del juego. I. ha tomado la iniciativa de compartir la ambulancia con S. y H. ha querido que D. tuviera otro coche más aparte del que ya llevaba en sus manos. El hecho de que se den juegos de cooperación, de que se acaricien, se abracen, se llamen para entrar en la clase, se den de comer, jueguen juntos o se alegren al verse, ya significa que serán niños y niñas cooperativos y generosos. Con ello no quiere decir que el papel del adulto deje de ser educativo, y educar significa hacerlo desde el ejemplo y desde el respeto. Es evidente que tenemos que intentar que los pequeños y pequeñas comprendan que deben de respetar al compañero o compañera y que deben compartir, que ciertos objetos (sobre todo los de la escuela) son de todos y todas y que aquellos que traen de casa también pueden dejarlos para que los vean el resto de niños y niñas. Ese debe de ser el papel del adulto y por ende el del educador: educar desde el ejemplo y transmitir, a través del ejemplo, la palabra y el razonamiento, que deben compartir con los demás. Y no  por el hecho de compartir les hará ser “ciudadanos ejemplares”, sino por el verdadero valor que encierra el compartir, desechando todo lo que guarda relación con el hecho de aparentar; sino porque compartir significa en definitiva enriquecimiento porque implica el contacto entre iguales, porque significa enriquecerse de aquellas cosas que no tienen valor monetario, que no pueden comprarse, porque compartir significa nutrirse de los demás, de todo lo bueno que tienen las relaciones humanas, porque compartir implica más que el tener “más cosas”, implica tener contacto con la gente, implica crecer como personas.

Enlace al artículo: “Compartir ¿Por qué mi hijo no lo hace?” Revista mente libre. http://www.mentelibre.es/?p=2455

2 thoughts on “Compatir

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